Soy un ciudadano norteamericano, nacido y criado en Brooklyn, pero durante los últimos 35 años no he dejado de viajar todos los años a España. He enseñado literatura y cultura española desde 1988 y en la última década me he convertido en un auténtico news junkie. Todos los días ojeo por internet al menos seis diarios españoles de todo signo, desde Público, portavoz de la izquierda moderada, a La Gaceta, de extrema derecha. Hoy me gustaría compartir con vosotros lo que honestamente pienso de lo que está ocurriendo en España desde hace varias semanas. No es fácil entenderlo. Me parece que la prensa dominante o bien lo ha malinterpretado o lo ha ignorado, excepto en sus aspectos más sensacionalistas. El movimiento mismo está cambiando constantemente. De hecho, su movilidad e indefinición constituyen probablemente el origen principal de su fuerza perturbadora. Por todas estas razones, no creo que ninguno de nosotros pueda hacer otra cosa que ofrecer interpretaciones provisionales de los complejos procesos que se desataron en España a partir del 15 de mayo de 2011.
Creo que vale la pena recordar que los dos únicos experimentos democráticos de la España moderna tuvieron lugar durante tiempos muy poco propicios para los movimientos democráticos en todo el mundo.
La primera tentativa de construir una democracia moderna tuvo lugar durante los cinco años de la Segunda República (1931-1936) en el contexto de una Depresión mundial y en medio del surgimiento de ideologías totalitarias y antidemocráticas de todo signo. Durante su corta vida y en circunstancias extremadamente adversas, la República hizo un esfuerzo valiente por transformar en ciudadanos democráticos a sujetos casi feudales, así como por comenzar la ardua—y todavía incompleta—tarea de separar la Iglesia del Estado, poner en práctica una reforma agraria y promover la igualdad entre los géneros. Pero Franco, Hitler y Mussolini pusieron fin a la Primavera democrática española de aquellos años, ayudados por la pusilanimidad de los autoproclamados defensores de la democracia, Francia, Gran Bretaña y los Estados Unidos, países que entre 1936 y 1939 habían mantenido relaciones de no agresión con Hitler y que al mismo tiempo se sentían incómodos ante los “excesos” de la izquierda.
El hecho de que la valiente lucha de la República se llevara a cabo contra viento y marea contribuyó sin duda a que la Guerra Civil Española—y la memoria de dicha guerra—quedara indeleblemente grabada en la conciencia de todos los progresistas y de que todavía hoy siga siendo un punto de referencia y un repositorio de imágenes de esperanza democrática y coraje para los desamparados de todo el mundo. No había youtube en 1936, pero había noticiarios; no había flickr, pero allí nació el fotoperiodismo moderno; no había Facebook ni blogs, pero había periódicos murales y posters y octavillas y panfletos; todas las últimas innovaciones en las comunicaciones y las redes informativas disponibles en los años 30 fueron usadas en la movilización de la opinión pública global y en apoyo de una República acosada. Aunque hayan pasado ya setenta y cinco años de todo aquello, esta vieja historia de mensajes y medios de comunicación todavía resuena poderosamente hoy en todas partes.
El segundo experimento democrático serio comenzó tras la muerte de Franco en 1975. La transición española ha sido admirable en muchos sentidos, pero no podemos olvidar que las últimas décadas la democracia en España ha coincidido con un empobrecimiento dramático de los ideales y procesos democráticos a nivel mundial. Algunos podrían decir—aunque suene a una broma de pésimo gusto—que España, cuya primera apuesta democrática fue aplastada por el fascismo, se ha convertido en una democracia normal, pero sólo en unos momentos en que tal concepto parece haber sido despojado de su significado.
Creo que muchos españoles hoy día sienten que su país—al igual que EE.UU. y otros países—se ha acomodado a un sistema bipartito anquilosado y corrupto, en el que, en las cuestiones que más profundamente afectan a sus ciudadanos, es difícil distinguir entre uno y otro partido, ya que los dos parecen gobernados por lo que podríamos llamar “la tiranía del sentido común”. ¿Cuáles son los postulados de ese sentido común? “Mantener contentos a los bancos, las grandes corporaciones y las agencias de calificación crediticia. Permitir a los ciudadanos votar de vez en cuando—somos, al fin y al cabo, una democracia—y asegurarnos de que sigan consumiendo; si es posible hacer que lo sigan haciendo hasta que se hundan. Cuando lleguen las elecciones, cada partido debe repetir las viejas consignas, que no hacen sino camuflar las profundas semejanzas entre ambos, centrando su atención en diferencias a menudo superficiales y simbólicas. Los partidos deben de hacer todo lo posible para movilizar a sus bases durante la jornada electoral, incluso si los votantes tienen que taparse la nariz cuando votan, porque cada partido se las ha arreglado para convencer a sus electores de que el mal olor del otro es siempre peor que el nuestro”.
A mi modesto entender lo que ha ocurrido en España es que una parte significativa de la población se ha decidido finalmente a decir en voz alta, en los lugares públicos y a través de espacios virtuales que no existían hace apenas diez años, que no estás solo o eres desleal si piensas que las dos opciones francamente apestan, si piensas que el emperador realmente no tiene traje nuevo, si tienes la sensación de que, en algún momento a lo largo del camino hacia el Estado prometido, el “demos” se ha desprendido de la palabra democracia. Los que protestan en España se están preguntando en voz alta por qué su acceso a los líderes se limita básicamente a votar cada cuatro años, mientras los bancos, los líderes financieros y las agencias de calificación crediticia parecen tener acceso directo e ilimitado. En resumen: los que protestan están haciéndose las preguntas básicas que parecen haber sido abandonadas o excluidas en estos tiempos post-históricos y post-ideológicos dominados por el sentido común; y lo que es más importante, se están negando a morder el anzuelo de las viejas consignas de los partidos. Están proclamando que los dos principales partidos han dado por descontado su voto y están diciendo a todo esto: “¡basta ya!”
Si el gobierno español parece a veces secuestrado por “el mercado”, creo que el pueblo español está empezando a verse sometido a una doble cautividad—atrapado en un sistema bipartidista anquilosado, cuyos líderes parecen sentirse cada vez menos obligados a rendir cuentas a sus electores, y cada vez más a sus captores supranacionales: esos fantasmales y omniscientes “mercados” financieros internacionales que caprichosamente, al igual que un dios todopoderoso, dan o quitan a su antojo.
Quizás los gritos que escuchamos en España estos días puedan ser comprendidos como los gritos de los rehenes de un rehén, que acaban de ser plenamente conscientes y de indignarse ante su doble sometimiento.
Por supuesto, es imposible predecir el resultado de los procesos que se han puesto en marcha durante las últimas semanas. Quizá las cosas se irán apagando con el calor de Julio. O quizá España, una vez más, se encontrará a la vanguardia en identificar las amenazas y en sugerir caminos prometedores. En cualquiera de los casos, creo que todos los norteamericanos haríamos bien en prestar atención a los gritos del rehén del rehén, para intentar comprender su tragedia, y, mientras lo hacemos, examinar la salud de nuestra democracia, y el estado de nuestras propias libertades. Podríamos descubrir, para nuestra sorpresa, que en muchos sentidos, todos nosotros somos también españoles.
Traducción de los comentarios en el panel sobre Democracia Real Ya
Bluestockings Bookstore, 3 de Junio de 2011
James D. Fernández es Profesor de Estudios Hispánicos en la Universidad de Nueva York, co-editor de Facing Fascism: New York and the Spanish Civil War (2007) y Vice-Presidente del Patronato de los Archivos de la Brigada Abraham Lincoln.
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