A contracorriente
Se avecinan tiempos difíciles para el movimiento 15M. Lo decimos porque parece que empiezan a soplar vientos de crítica, tanto exógenos como endógenos. En realidad, esos vientos soplan contra todos. Con independencia de que hayamos formado parte o no de las concentraciones, las acampadas o las asambleas, casi todos los ciudadanos de a pie nos hemos sentido de algún modo identificados o representados por ese movimiento. Tras largos años de apatía social, muchos vimos en él el faro que podía guiarnos entre estas traicioneras aguas cubiertas por la espesa niebla neoliberal de los telediarios y plagadas de tiburones hambrientos de rescate. De nuestra habilidad para navegar contra ese viento de proa dependerá no solo el futuro del movimiento 15M, sino también nuestro propio devenir y el de las generaciones que vienen detrás.
“Democracia real ya” y “no somos mercancía en manos de políticos y banqueros” fueron los primeros y acertados eslóganes, junto con otros de menor calado. Tras ellos, llegaron la atención de los medios de desinformación, y algo después, las críticas incipientes y la difusión por parte de esos mismos medios de las propuestas y reivindicaciones de los indignados. La generalidad de esas propuestas fue recibida con diferente aceptación por parte de los numerosos todólogos que acudieron a las tertulias de radios y televisiones para iluminar al espectador con su versátil verborrea. Como suele ocurrir en estos casos, gran parte de los tertulianos se limitaron a exponer sus ideas preconcebidas, eludiendo cualquier análisis serio. La sensación última fue que se prestó mucha más atención a las concentraciones y manifestaciones que a la asfixiante realidad que había motivado esas protestas. Es sabido que, en los medios oficialistas, el mero hecho de cuestionar el modelo social y económico neoliberal constituye un sacrilegio inaceptable.
Lejos de esa visión monocromática de salón, los de a pie vivimos las diferentes movilizaciones con emoción, dejándonos llevar por el espectáculo más que por la reflexión. Disfrutamos contemplando el compromiso y la fraternidad de jóvenes y no tan jóvenes. De hecho, también desde esta página alentamos a ello, dentro de nuestras modestas posibilidades. Ahora, transcurrido ya un tiempo para digerir tantas sensaciones, la crítica se convierte por necesidad en autocrítica. En reflexión. En dudas. Unas dudas que queremos exponer aquí a vuestra consideración:
I. Dejando claro que el modelo asambleario nos pareció un inicio muy acertado, nos preguntamos quién decidió que en ciertos casos –como el de la Acampada de Sol– los consensos debían lograrse por unanimidad, y qué argumentos apoyaron una temeridad semejante.
II. ¿Por qué no se programaron nuevas concentraciones periódicas, aunque solo fuera un día a la semana, antes de levantar las acampadas? Y en los casos en que hubo negociaciones con las autoridades, ¿quiénes fueron los negociadores y cómo fueron designados? El último día de la Acampada Sol se intentaron tratar todos estos asuntos, y no se llegó a ningún acuerdo a excepción de -por primera vez- romper la propia norma de la unanimidad para proceder al desalojo -en contra de un grupo que abogaba por su continuidad-.
III. ¿Qué hemos logrado, más allá de reunirnos y conocernos (y de llevarnos algún que otro palo y conocer de primera mano los medios “democráticos” aplicados a golpe de porra)? ¿Qué mecanismos se han establecido para hacer llegar nuestras reivindicaciones a quienes sí tienen capacidad de decisión? ¿Cómo pretendemos hacer valer nuestras conclusiones? ¿por medio de qué fórmula?
IV. ¿Por qué ese empeño en primar la inclusividad en detrimento de la concreción? ¿Por qué la idea de dejar al margen las siglas de los partidos políticos –que nos parece magnífica– debe suponer también el alejarse de una definición política clara? ¿Por qué se demonizan o se proscriben conceptos como “anticapitalista” o “antisistema”? ¿Es que no es legítimo estar en contra de un sistema injusto que, además, está contra nosotros?
V. ¿A cuento de qué tanta insistencia con la horizontalidad? ¿Todas las jerarquías son peligrosas? ¿Qué puede tener de malo una coordinadora de asambleas que centralice y dé difusión a las distintas iniciativas? ¿Cuál es el problema en elegir desde las propias asambleas a unos representantes válidos? ¿Apostar por lo participativo significa desechar lo representativo?
VI. Si pedimos “democracia real ya”, ¿cómo es que no nos hemos propuesto como prioridad esencial el desarrollo de la herramienta democrática por excelencia, la Iniciativa Legislativa Popular con referendos vinculantes y revocatorias? De esta herramienta se habló también en las acampadas. ¿No es lo más lógico procurar un mecanismo accesible a todos en lugar de arrogarnos desde una minoría el derecho a ser los portadores de la voluntad o la indignación generales? O, dicho de otra forma: ¿en aras de la “horizontalidad” real, no es más razonable exigir la ampliación y normalización del vehículo de participación democrática antes que hacernos abanderados de nada?
Esta última propuesta (la adopción de un marco de participación al estilo suizo, mediante la ILP, revocatoria y referendo vinculante) no es excluyente, sino aglutinadora. Para lograrlo, deberíamos volver a llenar plazas, en un número mayor que hasta ahora, pero abundando no en las quejas, sino en una reivindicación ÚNICA: la de dotarnos como ciudadanos de un medio legal que garantice nuestra participación en la toma de decisiones. ¿Significaría eso renunciar al resto de las reivindicaciones? En absoluto. Más bien todo lo contrario: implicaría asegurarse de que el resto de las exigencias que la indignación ha despertado (cambiar la Ley Electoral, regular los mercados, auditar y renegociar la deuda, recuperar la titularidad pública de los sectores estratégicos, reestructurar el modelo fiscal, articular mecanismos para impedir y castigar la corrupción, etc.) y que se discuten en las asambleas tuvieran un cauce jurídico que hiciera posible su tramitación real ante las Instituciones por la vía del referéndum vinculante. Estamos convencidos de que esta medida se ha tratado en muchas asambleas. ¿Alguien puede decirnos quiénes y con qué criterios la han desestimado?
Este asunto debe llegar a las asambleas y debe debatirse. No podemos perder la oportunidad de obtener una herramienta concreta que facilite nuestra participación directa y vinculante ahora y en el futuro. Pero habrá que fijarse muy bien en quién la pudiera rechazar y sus argumentos para hacerlo, ¿a alguien se le ocurre alguno? Es una buena manera de detectar a los que nos quieren mantener perdiendo el tiempo y las fuerzas.
Ha llegado el verano, que es, en sí mismo, un periodo disgregador. Si dejamos que transcurra sin más, se corre el riesgo de que el posterior síndrome posvacacional disperse el efecto movilizador que, hasta ahora, ha ido en aumento. Los vientos del sistema soplan directamente contra nuestra proa, y no tenemos acceso al timón. Como sugería el entrañable José Luis Sampedro, toca remar para hacer girar la nave, porque el viento ni va a rolar ni amainará. Y quien quiera, que lo llame motín.
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